El ofrecimiento de asilo político a Julian Assange se enmarca en lo que buscará ser el relanzamiento de la política exterior del Presidente López Obrador, una vez que Joe Biden asuma la Presidencia de los Estados Unidos.

El inicio del 2021 ha traído una serie de eventos que nos dejan claro que este año seguirá con el mismo ritmo que el pasado 2020.

En el caso de nuestro país, la primera polémica que ha tenido que librar el Gobierno del Presidente López Obrador ha sido la publicación de imágenes y videos donde se puede ver al Subsecretario Hugo López-Gatell viajando en avión con rumbo al estado de Oaxaca y después disfrutando de la playa de Zipolite.

Las redes sociales no tardaron en criticar al funcionario por ser quien de manera constante nos recuerda el “Quédate en Casa” en cadena nacional, y que además se fue de vacaciones a la playa durante el punto más álgido de la pandemia en la CDMX.

Por la magnitud de las críticas y del personaje señalado, que en otros meses había sido el principal rostro de la 4T, no pocas personas leyeron el ofrecimiento de asilo político que hizo el Presidente López Obrador a Julian Assange como una cortina de humo para salir al paso de este tema.

Si bien, la polémica de López-Gatell en Zipolite sí ha dejado de tener protagonismo en la discusión pública a los pocos días, realmente forman parte de dos temas completamente diferentes. El ofrecimiento de asilo político a Julian Assange, más bien, se enmarca en lo que buscará ser el relanzamiento de la política exterior del Presidente López Obrador una vez que Joe Biden asuma la Presidencia de los Estados Unidos el 20 de enero próximo.

Al entonces Presidente Enrique Peña Nieto le tocó lidiar con el desastre de la elección de Trump en 2016, por el antecedente de su invitación a Los Pinos cuando todavía era candidato, para luego tener una ríspida relación marcada por la necesidad que tuvo Trump de meter el tema del muro fronterizo en la agenda bilateral.

Pero a diferencia de Peña Nieto, para Andrés Manuel López Obrador la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca ha significado algo positivo. El nacionalismo y la naturaleza antisistema del todavía mandatario estadounidense le ha permitido al gobierno de la 4T navegar sin los contratiempos que hubiera supuesto convivir con un Estados Unidos más similar al de épocas anteriores.

El Estados Unidos de Trump, sin ningún interés en el multilateralismo ni en los resabios de la Guerra Fría, poco o nada se iba a interesar en la llegada de un partido que se asume de izquierda nacionalista revolucionaria a la Presidencia de México, con todo lo que ello implica para los intereses económicos y de seguridad nacional de los Estados Unidos.

En cambio, la inminente asunción de Joe Biden como el 46° Presidente de los Estados Unidos el próximo 20 de enero, pone sobre la mesa la duda de si el vecino país volverá a tener interés en lo que ocurre en México. La apuesta segura del Gobierno de López Obrador es que sí, y por ello es que ha ofrecido el asilo político a Julian Assange.

No hay que olvidar que, más allá del halo que ha rodeado a Assange como perseguido político tras ser acusado de agresiones sexuales en Suecia, el fundador de Wikileaks se cuenta entre las personas más buscadas por los Estados Unidos debido al escándalo provocado por la filtración de cables diplomáticos a través de su plataforma.

Fue gracias a Wikileaks que se supo que el Departamento de Estado de los Estados Unidos espiaba y analizaba con lupa a los liderazgos de sus aliados y socios, lo que en su momento supuso un complicado episodio diplomático para la administración de Barack Obama. Con semejante antecedente, además de la sospecha de que sigue teniendo información sin liberar, resulta obvio imaginar por qué Estados Unidos querría la extradición inmediata de Assange.

El ofrecimiento del Presidente López Obrador toma entonces un tinte político más que humanitario, con el que busca marcar su distancia de un vecino que se anticipa más entrometido que el anterior. Incluso si no se logra (porque Assange todavía está sujeto a proceso en el Reino Unido) o si el ofrecimiento fue una improvisación del Presidente durante su conferencia matutina, el anuncio ha puesto a México en los ojos del mundo como un país dispuesto a proteger al enemigo público número uno de la potencia hegemónica de Occidente.

Lo anterior se suma, además, al acercamiento a la República Popular China (el rival geopolítico de los Estados Unidos hoy en día) anunciado por el propio Canciller Marcelo Ebrard en un tuit del 1° de enero.

Es decir, que el gobierno mexicano encabezado por el Presidente López Obrador está siendo claro respecto a la política exterior que busca perseguir durante el 2021: pintar su raya con un Estados Unidos que, anticipa, será menos permisivo que el de la administración trumpista.

Y tanto el anuncio de Assange como el acercamiento con China son, además de señales inequívocas de ello, monedas de cambio que le permitirán negociar con una posición nada sumisa cuando la Casa Blanca de Biden llame a cuentas al gobierno mexicano por cualquier tema, político, económico o comercial.

@jpgalicia

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